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Cuidado emocional

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La infancia y la adolescencia son unas de las etapas de la vida en la que más vulnerables somos. Es de pequeñitos cuando aprendemos a dar significado a las cosas que nos rodean. Y es en esta etapa también en la que a través del afecto y trato de los demás desarrollamos nuestra autoestima, nuestros miedos o preocupaciones. A veces de una forma sana y a veces no tanto, con mensajes cómo «no llores», «no te preocupes» o simplemente evitar hablarle a los niños de ciertos temas por incomodidad adulta (por ejemplo, de la muerte o la enfermedad de un ser querido).

Todo esto, lejos de ayudar, puede crear miedos e inseguridades en el niño que se aprenden y formarán parte de su personalidad adulta:

  • «No digo cómo me siento ni muestro mis emociones para no preocupar a los demás».
  • «Lo que me afecta no tiene importancia».
  • «Tengo pánico a que la gente que quiero enferme o le pase algo».

Lo más traumático y doloroso para los seres humanos es el daño que viene de otro de nuestra especie. Cuando este procede de alguien en quien se supone podemos confiar, la repercusión será mayor. Y si sucede en la infancia, cuando somos absolutamente dependientes de esas personas, mil veces más.

Ante esto, la tendencia a evitar o suprimir emociones, puede seguir funcionando con los recuerdos mucho tiempo después de que termine la situación. Tratar de no pensar en ello, o enterrarlo, nos permite seguir funcionando. Apartamos lo que ocurrió de nuestra mente y nos centramos en lo que estamos haciendo. Pero cuando la situación se repite o algo revuelve esas sensaciones, las emociones y sensaciones relacionadas con ellas vuelven e interfieren en lo que hacemos. Y siguiendo con nuestro mecanismo de regulación habitual, lo apartamos o lo empujamos hacia abajo.

Estos sistemas de regulación emocional -la evitación y la supresión– no son del todo eficaces y todas nuestras experiencias antiguas que no procesamos, no solo siguen influyendo, sino que interfieren de forma muy poderosa en lo que vivimos en el presente. Así, es importante aprender a mirarnos sin juzgarnos y, sobre todo, encontrar un equilibrio entre frenarnos por miedo y forzarnos a hacer cosas para las que todavía no estamos preparados. Solo así aprenderemos algo muy importante: a cuidarnos y respetarnos.

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