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La ‘aceptación’, el primer paso para solucionar los problemas

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Cuando éramos pequeños solíamos pensar que para escondernos de aquello que nos asustaba o daba miedo, bastaba con taparnos la cabeza o incluso los ojos. Creíamos que lo que no veíamos, no podía vernos a nosotros tampoco y así, nunca nos haría daño.

Es por eso, que ya de adultos, muchas veces adoptamos conductas similares cuando algo nos asusta o nos hace daño: “Si no hablo de un problema, este no existe”, “Si actúo como si el problema no existiera, ya desaparecerá”, “Si no pienso en ello, ya se solucionará solo”. Sigue leyendo

¿Qué es la felicidad?

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Sin duda, esta es una de las preguntas más difíciles de responder.  Algo que todos deseamos alcanzar y perseguimos, pero muchas veces tan sutil que no la percibimos y se nos escapa por momentos.

Existe un error extendido, un error que consiste en considerar a la felicidad como un tema de blanco o negro, de extremos, «o eres feliz o no lo eres» y no hay más. La felicidad no es total, ni es constante ni mucho menos permanente. La felicidad está en pequeños detalles, en asumir lo que no está bien en nuestra vida y lo que sí, en aceptar que hay cosas que no podemos cambiar pero que así son y está bien.  Y de nosotros depende seguir con nuestras vidas o quedarnos parados.

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«Yo voy al psicólogo!» Mejora tu bienestar emocional con la ayuda de un psicólogo

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Vivimos en una sociedad que nos exige, nos demanda y nos pide un ritmo rápido y constante. En una sociedad que suponemos cada vez más libre y tolerante y en la que, sin embargo, se nos pide encajar en determinados patrones.

Vivimos en una sociedad en la que entendemos, que cuando uno no se encuentra bien físicamente, debe acudir al médico. Y si sucede que debemos enfrentarnos a una enfermedad leve, grave o incluso crónica, solemos buscar un remedio para la misma, asumiendo que nos ha tocado lidiar con esto.

Sin embargo, también vivimos en una sociedad en la que no ponemos el mismo cuidado ante el sufrimiento o malestar psicológico. Suponemos que el mismo nos lo hemos buscado nosotros y que como tal, uno mismo es responsable de sanar. Y aquí está el fuerte estigma hacia la enfermedad mental: entendemos la enfermedad mental como un sinónimo de “locura” y aunque por suerte cada vez menos, se sigue considerando que ir al psicólogo es “cosa de locos o débiles”.

Sin embargo, tal vez hoy en nuestro país exista un padre que no puede aceptar haber perdido a su hijo en un accidente de tráfico. Nuestro vecino, igual lleva varios meses sin atreverse a salir de casa por si le da un ataque de pánico y a tres manzanas un hombre ha decidido volver a coger el coche tras 9 meses desde aquel accidente que le hizo evitar volver a conducir. En Madrid, Luis se acaba de acabar el vaso de Whisky tras 13 años de abstinencia y en Bilbao, una mujer se culpa por no haber podido evitar que aquel hombre le forzara, porque “quizá no tendría que haberse puesto esa ropa”. En Asturias, un adolescente se siente angustiado porque sus compañeros de clase se ríen de él. En Galicia una persona está pensando cómo quitarse la vida mientras en cualquier otra parte del mundo, seguro que otra persona ya lo ha hecho.

No nos educan para aprender a manejar nuestras emociones. No nos enseñan qué hacer si sentimos dolor ni a no sentirnos culpables por ello. No nos enseñan a gestionar la pérdida de un ser querido u otro tipo de duelo, trauma o enfermedad. No nos informan de que estar tristes o sentirnos mal entra dentro de la normalidad y tampoco nos enseñan a pedir ayuda cuando no sabemos cómo gestionar nuestro malestar por uno mismo.

Sin embargo, debemos entender que ir a terapia es solamente una forma de mejorar nuestro bienestar emocional (igual que vamos al fisio si tenemos contracturas o al nutricionista si queremos mejorar nuestra alimentación), y no debemos tener miedo a decirlo en voz alta, con el orgullo de quien ha sabido detectar un problema y ponerle remedio. Y sobre todo, no percibamos que ir al psicólogo es solo para “débiles o locos”, porque ningún ser humano se salva de librar su propia batalla y “locos”, alguna vez, nos volvemos todos.

Defensa somática, ¿afectan nuestras vivencias a nuestro cuerpo?

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Dolores tensionales, problemas digestivos, cambios en la tensión arterial, sudoración, migrañas, rigidez articular. Son muchos síntomas que hemos podido sufrir todos en alguna ocasión. Cuando esto pasa, es recomendable siempre comprobar que no hay ninguna causa orgánica. Pero, ¿qué pasa cuando después de numerosos chequeos en los que no hay causas aparentes estos síntomas siguen manifestándose?.

Cuando presentamos síntomas físicos sin explicación médica aparente, es probable que nos encontremos ante una defensa somática. Éstas, como las defensas en general, están protegiéndonos de algo, están manteniendo a salvo a nuestro sistema interno, aunque en el presente a la persona ya no le resulten adaptativas.

Igual que nuestra memoria histórica en la cual recordamos las cosas que hemos vivido, nuestro 18 cumpleaños,  el día de nuestra boda, el regalo por aprobar todas cuando acabaste primaria, los macarrones de la abuela, las tardes de domingo en el parque con los primos… nuestro cerebro también tiene otro tipo de memorias, como es en este caso la memoria somática.

En la memoria somática, se recogen todas aquellas defensas o reacciones que nuestro cuerpo ha aprendido para comunicarse. Un ejemplo de esto es lo difícil que nos resultaba levantar el pie izquierdo del embrague mientras presionabas suavemente con el derecho el acelerador para arrancar el coche la primera vez que nos pusimos al mando de uno. Este ejemplo no presenta ninguna dolencia pero ayuda a entender que nuestro cerebro tiene diferentes memorias y adquiere automatismos o patrones de respuesta  ante cualquier estímulo, bien sea este un coche, un olor, un objeto, una situación, o una mirada. Como la tensión que podemos sentir en nuestro cuerpo cuando nuestra madre nos dice: “María del Carmen llámame en cuanto puedas…”, cuando de manera habitual tu nombre acabó convirtiéndose en Mari.

Todo esto son ejemplos sencillos sobre lo que son las memorias somáticas, sobre como nuestro cuerpo acompaña a nuestras vivencias y a nuestras emociones, pero nuestras defensas somáticas son todas aquellas reacciones o síntomas que nuestro cuerpo a interiorizado para proteger nuestro self aprendidos a lo largo del tiempo, o bien ante una situación concreta, es una especie de armadura que nuestro cuerpo se ha puesto para protegerse a lo largo del tiempo, aunque ahora ya no sea eficaz que lo haga de esa manera.

Para que esto deje de ser disfuncional es interesante dar valor al papel que estos síntomas han tenido en nuestra historia, permitir que nuestro cuerpo pueda expresarlas en un lugar seguro, como puede ser la consulta con el psicólogo.

La terapia sensoriomotriz, entiende esto como algo fundamental en terapia, ya que muchas veces prestando atención a las defensas somáticas, permitiendo que estas se expresen en consulta, ayudan a nuestro cerebro a traer aquí y ahora memorias históricas asociadas a esta defensa. Esto es interesante ya que permitir que esto pase, permite a nuestro cerebro procesar la información de forma adecuada, entender que esa defensa que fue útil en su momento (bien para poner a salvo nuestra integridad física, o bien, a nuestro sistema emocional) y que ahora no tiene un papel funcional en el presente. Entender que reacciones somáticas están asociadas y poder procesar esa memoria somática e historia, da lugar a la integración y aceptación, para que en el presente podamos adquirir patrones de respuesta más saludables y acordes a la situación.

Corina Rodas Verde

Psicóloga en ICONICA Servicios Médicos